Decide no rendirte

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Como casi todos, al final de cada año hago un balance sobre qué cosas aprendí y qué cosas logré.  

Este es el tercer año que estoy sin él, y aunque me ha tocado luchar cada día por mantenerme a flote, algunos días más que otros, aquí estoy en pie. Nadie lo hubiera esperado, ni siquiera yo, pero estoy en pie. Dios ha ido formando en mí una mujer resiliente. Lo que ves en mí, es producto de lo que Dios ha ido puliendo en el fuego de un horno que se puso siete veces más caliente, pero aún allí Dios estaba conmigo. Hace tres años atrás no creí que pudiera sobrevivir sin él… pero pude. 

Hoy tengo una mirada más calmada, reflexiva y compasiva de lo que pasó. Claro, no dejo de pensar por qué alguien tan brillante y apasionado como él, decidió darse por vencido y quitarse la vida. Pero en su último año aquel hombre en nada se parecía al muchachito del que me había enamorado, pues sus ojos se habían oscurecido y ya no podían ver ninguna luz de esperanza. 

En el mes de diciembre hubiéramos cumplido otro año más de casados. Mi mente soñadora de cuentos y princesas había imaginado otro final a nuestra historia de amor, sin embargo, aquel día oscuro y sombrío todo cambió de repente. Alguien me quitó el piso, me arrebató mis sueños, me rompió el corazón, y no me preguntes cómo lo hice porque no lo sé, pero muy a pesar de ello logré levantarme.

Aprendí a dejar que las lágrimas corrieran libremente por mi cara y a dejar que se secaran solas.

Aprendí a aceptar que habrían días en que me sentiría caer en un pozo profundo de desesperación, pero que al día siguiente me levantaría. 

Aprendí que eso era parte del proceso que tenía que vivir, pero que de igual forma lucharía por estar bien. 

Aprendí a ser como la viuda que aparece en una parábola de Jesús, que fue a pedirle algo a un juez injusto y que por su insistencia le dio lo que quería. 

Me convertí en alguien que cuando las cosas se complican no acepta un no, sino que insiste una y otra vez… hasta que lo logra. 

Decidí volver a empezar, decidí no darme por vencida, decidí rescatar a la mujer que estaba dormida en mí. 

Decidí también brillar con luz propia, llenarme de sueños nuevos, tener esperanza y creer en contra esperanza como hizo Abraham cuando ya no era tiempo para él y su esposa Sara de tener hijos, pero creyó y Dios les dio un hijo. 

Así que aunque la realidad decía a gritos que ya no era tiempo para mí de ser feliz, le creí a Dios que “podía hacer nuevas todas las cosas”. Y entonces decidí restaurar mi familia, acompañar a cada uno de mis hijos en sus vuelos, aún cuando no entendiera todo. Decidí levantarme y levantarlos y decidí que la muerte no tendría la última palabra, sino Dios.  

Mi balance tiene en su haber cosas muy difíciles, momentos muy oscuros y dolorosos, pero he descubierto que del otro lado Dios siempre ha estado allí siendo luz en medio de mi valle de sombra y de muerte. Descubrí que su vara y su cayado me han infundido aliento, que su bien y su misericordia me han perseguido, me persiguen y me perseguirán cada día. 

Aunque sientas que el dolor va a destruirte, Dios estará contigo aún para juntar los pedazos y volverlos a unir si fuera necesario. 

A ti te tocará luchar para estar bien, y mientras aprendes en tu proceso, tendrás que decidir no rendirte y cada vez que te caigas decidir ponerte en pie e insistir una y otra… y otra… y otra vez… hasta que lo logres.

Daniel 3:19-25; Lucas 18:1-8; Romanos 4:17-19; 2 Corintios 5:17; Salmo 23

La Biblia

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